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El Gobierno de la emocionalidad, el desconocimiento, el desorden y la arrogancia

  • Por: JUAN ESTEBAN ORDUZ
  • 27 MARZO 2025
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El Gobierno de la emocionalidad, el desconocimiento, el desorden y la arrogancia

Los primeros meses del segundo Gobierno de Donald Trump han generado incertidumbre y contradicciones que terminarán aislando a Washington

Desde que Donald Trump volvió al poder hace dos meses, la turbulencia, la volatilidad y las decisiones impulsivas parecen haberse tomado la Casa Blanca y en general el Gobierno y buena parte el Congreso de Estados Unidos.

No es fácil saber si hay un plan como tal, a pesar de que se habla del famoso Proyecto 2025, que busca crear un Gobierno conservador que lleve al país y a la sociedad a una estructura basada en sus valores. Específicamente, de acuerdo con la página de la organización que promueve este plan, se quiere, primero, asegurar la frontera, terminar de construir el muro y deportar a los inmigrantes ilegales. Segundo, desarmar políticamente al Gobierno federal, aumentando la responsabilidad y supervisión del FBI y el Departamento de Justicia. Tercero, liberar la producción de energía estadounidense para reducir los precios. Cuarto, reducir el crecimiento del gasto gubernamental para disminuir la inflación. Quinto, hacer que los burócratas federales rindan cuentas ante el presidente y el Congreso democráticamente elegidos. Sexto, mejorar la educación, trasladando el control y la financiación de ella a los padres y a los gobiernos estatales y locales. Y finalmente, prohibir que hombres biológicos compitan en deportes femeninos.

El Proyecto 2025, un documento de 900 páginas liderado y promovido por la Fundación Heritage, de orientación conservadora, fue lanzado en abril de 2023 como una guía trabajada por más de 100 organizaciones e ideólogos conservadores. Y si bien tras las críticas al documento durante la campaña Trump dijo no conocer el proyecto y se desligó de él parcialmente, lo cierto es que varios de quienes participaron en su elaboración están hoy en cargos claves de su Gobierno y sus propuestas parecerían guiar muchas de las actuaciones de la actual Administración.

En concreto, la promesa de iniciar la campaña de deportaciones más grande jamás vista, las actuaciones frente al Departamento de Justicia, en materia petrolera el “drill, baby, drill”, los recortes sin método a la burocracia gubernamental y la cooperación externa, el despido indiscriminado de funcionarios —con frecuencia acompañado de humillaciones públicas por el hombre más rico del mundo que no tiene un cargo oficial en el Gobierno—, la promesa de desmontar el Departamento de Educación y la reducción de los programas de diversidad, equidad e inclusión, parecerían seguir la línea del Proyecto 2025.

La agenda de Trump —según él mismo— consiste en “hacer a América grande de nuevo”. Sin embargo, aunque no le falte razón en algunas de las cosas que propone, hacerlo de forma tan agresiva, arbitraria y llena de contradicciones, hace que pierdan su fuerza. Nadie está en contra de que el Estado sea más eficiente y austero. Pero basar su plan de austeridad y eficiencia en los arranques de un par de millonarios llenos de conflictos de interés y posibilidades de enriquecerse con cada decisión que toman, de la mano de unos jóvenes apenas salidos de la adolescencia, no parecería un camino hacia el éxito.

Manifestantes en una protesta por las políticas de Donald Trump y Elon Musk en Los Ángeles, el 22 de marzo de 2025.Associated Press/LaPresse (AP)

En una primera etapa, una gran parte de los jugadores nacionales —políticos, empresarios, ciudadanos— se van a plegar porque necesitan al Gobierno de su lado de una u otra forma para sobrevivir. O necesitan que al menos no esté en su contra.

En materia de política exterior pasa lo mismo. Las decisiones parecen una combinación de emocionalidad, desconocimiento, desorden generalizado y en muchos casos falta de experiencia combinada con arrogancia. Con frecuencia parece que la agenda está dominada por el afán de parecer un gran negociador, aunque en realidad la negociación consiste en arrollar con la aplanadora económica y militar antes que buscar soluciones equitativas y razonables.

Estados Unidos es, por su papel de potencia, un árbitro natural en múltiples situaciones y conflictos en el mundo. Por eso, independientemente de la posición que cada uno tenga frente al conflicto, proponer convertir a Gaza en la Costa Azul del Medio Oriente, reubicando a los palestinos, es algo desconectado de la realidad. La forma como está tratando de forzar la negociación con Ucrania y entregarse a Rusia y el bochornoso episodio con Zelenski, van a terminar —así haya un apaciguamiento de corto plazo— en fricciones y conflictos aún más profundos con Europa y el mundo. Las amenazas comerciales como los aranceles, que la Casa Blanca pone y quita con tanta facilidad, irán generando retaliaciones a medida que los países se vayan estabilizando y ajustando a la nueva realidad en el mediano plazo. Pero pueden generar inmensos daños a la economía global.

En el mediano plazo, los otros actores internacionales dejarán de contar con Estados Unidos, se acomodarán, contraatacarán y se irán alineando con otras potencias, particularmente China, si son países en desarrollo. Si son países desarrollados, especialmente socios tradicionales como Canadá, Europa occidental y hasta Japón, reducirán sus relaciones y dependencias de Washington y forjarán nuevas alianzas. No debe pasar desapercibido el plan de la Unión Europea, que gracias a Trump buscan financiar el gasto de defensa de sus miembros en 800.000 millones de dólares. Ursula van der Leyen, la presidente de la Comisión Europea, llamó a esta decisión un “punto de inflexión para Europa”.

Las cifras muestran que la confianza en el Gobierno no es tan sólida, aunque tampoco es catastrófica. De acuerdo con las encuestas de seguimiento de Economist/Yougov, a marzo 3 pasado el 42,7% de los estadounidenses dijo que el país va por buen camino y el 48,9% por mal camino. A su vez, la imagen positiva de Trump es del 47%, mientras que la negativa es del 50%, muy cercanas. En cambio, en el caso de Elon Musk, el 63% de los encuestados siente que tiene mucha influencia en el Gobierno, pero solo el 16% cree que la debería tener.

Las últimas semanas han generado una gran cantidad de incertidumbre y contradicciones, que terminarán aislando a Washington y minando la confianza en el país. El problema es que, como se dice popularmente, la confianza se pierde solo una vez.


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